La desinformación

Comunicación democrática

La realidad social, atravesada por infinidad de contrastes y desigualdades, no es percibida de la misma manera por todas las personas. “El color con el que se mire” la realidad, tal y como dice el refrán, influye en la construcción que nos hacemos de aquello que estamos viendo. Vivimos en unos momentos en los que, desaparecidas las ideologías, sólo es posible ver el mundo de una manera, de la manera de aquellos que han resultado vencedores después de la caída del muro de Berlín. Esta ideología que prevalece de modo hegemónico desde 1989 ha sido definida por Ignacio Ramonet como el pensamiento único.

Toda esta teoría económica del pensamiento único se presenta a sí misma como algo “natural” e irremediable: gusten o no, nos dicen que las cosas son así y no pueden ser de otra manera. De este modo se produce una “naturalización de la realidad social”, es decir, la negación del carácter de construcción que tiene la realidad social. Inconscientemente, tenemos la tendencia a asumir como normal lo que estamos habituados a ver de una determinada manera, y automáticamente pensamos que ése es el único modo de representar la realidad.

No nos damos cuenta que, con estas actitudes, estamos haciendo el juego a las élites económicas y políticas que detentan el poder en nuestra sociedad, y más aún; en el conflicto palestino-israelí estamos siguiendo y apoyando indirectamente las políticas de ocupación y represivas de Israel. Ellas, las élites, se encargan de fijar las reglas del juego; les interesa que las mayorías no lleguen a plantearse la posibilidad de cambio, que nunca lleguen a preguntarse: ¿de verdad esta realidad que me están mostrando es la única posible?

Noam Chornsky ilustra estas ideas así:

“La mayoría de los individuos tendría que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje, ese que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada vez más y mejor, y vivir igual que esa familia de clase media que aparece en la pantalla y exhibe valores como la armonía y el orgullo americano. Puede que usted piense que ha de haber algo más, pero en el momento en que se da cuenta de que está sólo, viendo la televisión, da por sentado que esto es todo lo que existe ahí fuera, y que es una locura pensar en que existe otra cosa” (Chornsky: 1995).

Por esto se hace necesario el que cultivemos una actitud básica e imprescindible a la hora de aproximarse a la realidad social y a la realidad construida por los medios: esta actitud es la “sana sospecha”:

“Hay que estar dispuesto a preguntarse, con respecto a cualquiera de las creencias sobre nosotros mismos, por muy preciadas que nos resulten: ¿son las cosas de verdad así? Hay que advertir de una tendencia que está firmemente incorporada a nuestras estructuras de pensamiento, y es la tendencia a asumir el mundo social tal y como aparenta ser” (Zubero: 1996).

Según González Requena, los medios de comunicación son espacios de producción de los discursos que configuran la realidad social. Así, los medios se autoproclaman meros distribuidores de algo que yales viene dado por la realidad; esta ya viene moldeada, sólo hay que ponerla al servicio del receptor del mensaje. Este es su planteamiento. De este modo los propios medios pueden afirman que son objetivos, es decir, que transmiten la realidad tal cual es. La información, según ellos, debe ser objetiva: respetar los hechos, excluir toda huella de subjetividad. La manipulación es, entonces, la consecuencia de la falta de objetividad, la distorsión de los hechos, la impresión de subjetividad en el mensaje por parte del informador. La cuestión de la manipulación se nos descubre como algo que el análisis debe asumir; más allá del ingenuo valor peyorativo que la ideología de los medios da a esta palabra, debe reconocerse que nombra lo que sucede en el proceso de conversión del hecho en discurso informativo.

La desinformación, mentira y realidad

Guy Durandin, en su libro “La información, la desinformación y la realidad” define la desinformación de la siguiente manera:

“La cara negativa de la información… un conjunto organizado de engaños en una era en la que los medios de comunicación se hallan enormemente desarrollados” (Durandin: 1995).

Los medios tienen no sólo la capacidad de llegar a un número importante de ciudadanos, sino que para la población tienen legitimidad. Son acogidos como una representación válida de la realidad y cada medio, o cada programa en el caso de la radio y de la televisión, tienen un público que comparte o disiente de las representaciones que realizan de los acontecimientos. Nos tenemos que plantear que hay una cuestión de poder, que es simbólico y persuasivo en el sentido de que los medios tienen la posibilidad de controlar las mentes de los espectadores.

Al hilo de estas palabras de Van Dijk sobre el control mental de los medios podemos detenernos en el concepto de manipulación tal y como se ha entendido por la sociología crítica de la comunicación de masas de la Escuela de Frankfurt (Mills, Adorno, Marcuse…). Ellos plantean la tesis de que los medios, en las sociedades capitalistas, son utilizados por el poder para reforzar el status quo, con el fin de desviar a los ciudadanos de las preocupaciones que, verdaderamente, afectan a sus vidas. En síntesis, para esta escuela el concepto de manipulación supone:

  • La existencia de un monopolio de la comunicación por el cual unas minorías operan como emisores de mensajes destinados a una mayoría de receptores.
  • Una instrumentalización de los mensajes por parte de los emisores, destinada a favorecer sus intereses de grupo en contra de los intereses de los receptores.
  • En la medida en que la manipulación es eficaz, se producirá la aceptación por parte de los individuos receptores de valores, opiniones, mitos y estereotipos sociales que están en contra de sus necesidades individuales o de clase. En este sentido, el individuo manipulado debe creer que las opiniones que se le han impuesto por parte de los medios son suyas y, por tanto, permanece inconsciente del proceso que ha sufrido.
  • la conducta del emisor debe ser deliberada y sistemática.
  • los mensajes de los manipuladores deben apelar a la irracionalidad del receptor o bien ser lógicamente coherentes pero basados en informaciones incompletas o falsas. Si estos mensajes fueran racionales u “objetivos” difícilmente lograrían los fines perseguidos por sus emisores, ya que los mensajes se oponen a los intereses de los receptores.