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La reciente oleada de protestas en Israel


Autor: Ameer Makhoul / Fondation Frantz Fanon
Fuente: Rebelión

Traducido para Rebelión por Ricardo García Pérez


La reciente oleada de protestas en Israel, que pretende reclamar justicia social, es una de las movilizaciones más fuertes y numerosas que se han producido en la historia del país. Deberíamos añadir que un rasgo sin precedentes de este movimiento es su pretensión de fundar un espacio libre para colectivos, además de para individuos.

La dinámica que rige estas protestas es la de un movimiento social. Sin embargo, el contenido de las demandas de los manifestantes se debería someter a un análisis y una crítica muy rigurosos. Uno de los principales aspectos contradictorios de este movimiento es la interpretación excluyente que hace del valor de la justicia social. La justicia social es un valor universal, pero para los manifestantes de la avenida Rothschild de Tel Aviv se circunscribe únicamente a la dinámica interna de la sociedad israelí. En la avenida Rothschild de Tel Aviv, la causa troncal de las injusticias sociales que viven los israelíes es tabú; esto es, la ocupación, el racismo colonial, la militarización de todos los aspectos de la vida y el pensamiento y el sistema neoliberal agresivo y dominante. Estas cuestiones están íntimamente relacionadas con el proceso de construcción del Estado israelí.

Las protestas sociales israelíes deberían contemplarse desde la perspectiva de dos transformaciones fundamentales y transfronterizas: el levantamiento de los pueblos árabes, un ejemplo de que cuando las personas se movilizan, no hay nada imposible; y, en segundo lugar, el auge del movimiento social internacional y globalizado. Este último, día a día, adquiere un carácter popular que está plantando cara a las élites neoliberales del mundo de lo que conocemos como países «ricos» y de la crisis en la que viven, con consecuencias en todo el planeta.

Las recientes protestas son un indicador de la creciente fuerza del movimiento social israelí. Además, se enfrenta en parte al actual sistema de división de poderes tratando de redefinirlos según nuevos principios con el fin de promover el programa de la clase media israelí, de la que nació el movimiento y por la que ahora está encabezado. Pero las clases más pobres de Israel quedan excluidas de la dirección del movimiento y su discurso. La poderosa clase media de Israel, por otra parte, se movilizó porque percibía que perdía poder: un fruto de la hegemonía neoliberal en Israel, que no solo está representada por el primer ministro Netanyahu, sino también por las nuevas élites del país y por su reproducción de la nueva ideología del Estado. El neoliberalismo se convirtió en la ideología común de quienes ocupan el poder en los órganos ejecutivos y el capital del Estado.

En los últimos años, la sociedad israelí ha ido tomado conciencia del aumento de los vacíos socioeconómicos. Mientras tanto, el Estado israelí ha sido testigo del renacimiento de los «magnates». Los nuevos «magnates» israelíes, un número muy limitado que dirige un reducido número de iniciativas y empresas económicas de acuerdo con los pactos explícitos e implícitos del grupo, se han convertido en los verdaderos gobernantes de la economía y en destinatarios de los fondos públicos. Por otra parte, en el plano del gobierno, el pensamiento neoliberal de los «magnates» moldea el proceso de toma de decisiones mediante la aplicación de políticas de privatización que afectan también a los recursos naturales, como los minerales del Mar Muerto y las reservas de petróleo y gas recién descubiertas en las costas orientales del Mediterráneo. El gobierno de Netanyahu entregó esos recursos naturales a los magnates aduciendo que ellos eran el auténtico motor del crecimiento económico. No obstante, la clase media israelí sostiene lo contrario: la clase media es la base de la prosperidad económica; los recursos deben de servir, además de para engrosar las rentas del Estado, a la comunidad en su conjunto. Por otra parte, la admisión de Israel en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en mayo de 2010 se saldó con el contradictorio resultado de contribuir a alimentar las protestas sociales: los israelíes tomaron mayor conciencia de los agujeros que había en los ingresos del Estado.

Como suele suceder, la política neoliberal legaliza la corrupción en el seno del Estado de forma estructural. La transferencia de recursos naturales y públicos a los «magnates» es llevada a cabo sin dificultad mediante nuevas leyes y normativas, y la rama judicial es cómplice de los intereses de los «magnates». Mientras, el gobierno de Netanyahu se enorgullece de hablar al mundo del «milagro» de la economía israelí, que ha superado la crisis financiera mundial.

Sobre el terreno, y como consecuencia directa de la magia de la que habla Netanyahu, el número de habitantes de Israel que vive por debajo del umbral de la pobreza está aumentando. Aunque, según las estadísticas mágicas de Netanyahu, el desempleo está disminuyendo, aumenta el número de personas que trabaja en condiciones no dignas. Por tanto, las actuales protestas sociales han venido a plantear la cuestión de quién está pagando el precio de la aparente prosperidad económica de Israel. De ahí que sea la clase media, y no las clases más pobres de Israel, la que conforme el núcleo del movimiento. Y aún más, los medios de comunicación amplifican fácilmente la voz de la clase media, pues es de donde en su mayoría proceden las élites de Israel.

La pregunta la siguiente: ¿puede semejante movimiento ofrecer a todos igualdad de oportunidades para ingresar en su espacio y formar parte de él? La respuesta es, sencillamente, no, porque la libertad de expresión no significa solo igualdad de oportunidades para causar impacto y ejercer influencia.

Aun cuando este movimiento esté conformando una nueva fuerza social poniendo en cuestión a las vacas sagradas de la clase gobernante israelí, como la «seguridad israelí», también está enfrentándose a la oposición tradicional y al sindicato más antiguo, el Histadurt. Ese cuestionamiento del conjunto de las élites gobernantes solo puede producirse cuando las personas comparten el sentimiento de que pueden obrar un cambio.

Sin embargo, la naturaleza contradictoria de la «justicia social», tal como se entendía este valor universal en la avenida Rothschild de Tel Aviv, silencia todas las cuestiones injustas relacionadas con el pueblo palestino. No me refiero solo a los palestinos de Cisjordania, la Franja de Gaza y el exilio, sino también a los que son ciudadanos israelíes, que padecen a diario la confiscación de tierras, la legislación racista, el no reconocimiento de sus aldeas por parte del Estado y la judaización del Negev y de Galilea. Según el discurso de este movimiento, estas cuestiones son «políticas» y no «sociales» y, por tanto, no guardan relación con, ni se incluyen en, la interpretación de la justicia social que hace el movimiento. Al considerarse a sí mismos «apolíticos», los manifestantes ignoran la ocupación, el bloqueo de Gaza y el régimen racista del Estado contra los ciudadanos palestinos. (O los manifestantes solo tienen en cuenta el racismo en el caso de los etíopes judíos y los trabajadores extranjeros del este de Asia pero, incluso en esos casos, solo en el plano individual.)

Según la terminología israelí, ser «apolítico» permite la inclusión de grupos de los asentamientos coloniales de Cisjordania, Jerusalén y el Golán, a los que se invita a participar en las protestas. Esto origina una contradicción ética y, por supuesto, política. Dicho de otro modo: los valores del movimiento social israelí se circunscriben únicamente a los israelíes. Los palestinos, por el contrario, quedan excluidos de toda justicia. Según el movimiento social israelí, 7.000 presos políticos palestinos no merecen justicia social. Además, tampoco los refugiados palestinos, ni los desplazados en el interior. El muro del apartheid y el bloqueo de Gaza tampoco son «asuntos» dignos de ser tratados por un movimiento que aspira a ofrecer un espacio libre y abierto. Los colonos colonizadores son bien recibidos: no las familias palestinas que son víctimas del Muro de la Separación erigido por la legislación israelí; no los movimientos de solidaridad en defensa de una paz justa; no los pueblos de todo el mundo que son víctima de regímenes sangrientos que colaboran estrechamente con el Estado de Israel en el plano militar y de servicios de inteligencia.

Los movimientos sociales israelíes, tolerantes con el consenso nacional israelí, ignoran los derechos del «otro» a la justicia social. Al no abordar las causas raíces del injusto régimen de Israel, el movimiento social israelí desea hacer las cosas «menos injustas», en lugar de cambiar el sistema y el régimen.

Al no ocuparse de la ideología sionista colonial y racista, ni de la naturaleza del Estado israelí, algunos optan por considerar que el movimiento social israelí es «post-sionista». Sin embargo, como sabemos muy bien, post-sionismo no significa antisionismo, ni des-sionización de Israel. Pero sigo creyendo que este movimiento puede suponer cambios en la dirección de refundar el Estado del bienestar capitalista que había en Israel. Un Estado así puede atender a los intereses de una mayoría más amplia de ciudadanos israelíes, incluyendo los de los ciudadanos palestinos de Israel. No obstante, el movimiento social israelí no puede llevar la justicia histórica a los palestinos de Israel. Aunque algunas organizaciones palestinas sí participan en la movilización social, son plenamente conscientes de que sus demandas no abarcan la totalidad del programa social y político de los palestinos.

Uno de los grupos palestinos que participan en las protestas son los beduinos palestinos de al-Araqeeb: una aldea del Negev a la que no reconoce el Estado israelí y que ha sido demolida veintiocho veces por las excavadoras del gobierno. Sin embargo, pese a su participación, las injusticias cometidas por el Estado contra los beduinos no se incluían en la lista de exigencias de la dirección de la protesta.

Si bien el discurso del movimiento social no es racista, no plantea cuestiones relacionadas con el racismo. La justicia no solo importa a quienes hablan de ella, sino también a otros. Un movimiento social no es un organismo estructural; al contrario, está hecho de valores, de normas y de la fe en la igualdad para todos. En esta cuestión, el movimiento social israelí no aprueba el examen.

A modo de conclusión, les pido que tomen conciencia de que todavía estoy entre las rejas de una cárcel israelí. Solo puedo enterarme de las evoluciones recientes a través de la televisión, la radio o los periódicos que se permiten leer aquí. No obstante, hablo desde la posición de un activista, pese a que resulta difícil percibir qué es lo que está pasando sobre el terreno. Soy uno de los 7.000 presos políticos que creen que la injusticia fracasará, mientras que la liberación, la libertad y la dignidad humana se harán realidad.

________________________________

Ameer Makhoul es ciudadano palestino de Israel y director de Ittijah, una red de ONG palestinas fundada en Israel en 1995. En abril de 2010, las autoridades israelíes le advirtieron que debía abandonar el país; dos semanas más tarde fue detenido, acusado de espionaje y colaboración con Hizbulá y, en enero de 2011, condenado a nueve años de prisión.

Fuente: http://frantzfanonfoundation-fondationfrantzfanon.com/?p=1107



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